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“La Venus del espejo”. El Cuadro estrella de la exposición de Velázquez

A principios de este año acudí a las exposiciones del Greco y de Velázquez que organizó el Museo del Prado. Recuerdo lo instructiva que me resultó la del maestro sevillano. Instructiva y esclarecedora acerca de algunos aspectos de la génesis de su obra. Recuerdo también la incomodidad y el gran inconveniente que suponía la presencia de tantas personas en las salas. ¿Es posible establecer la comunicación con la obra en estas circunstancias? ¿O debe uno contentarse sólo con mirar? Porque a eso iba mucha gente: a mirar, a ver, a estar ahí sólo por una simple y sana curiosidad para luego decir: “Ahí estuve yo”

Las mismas sensaciones con el Greco. Me impresionó gratamente la contemplación de los monumentales lienzos destinados al retablo de la iglesia del Colegio de Doña María de Aragón, a pesar de no encontrarse en su emplazamiento original. Mientras realizaba el esfuerzo de dejarme absorber por las pinturas entre tanto ruido y movimiento pensaba la cuestión acerca de la importancia que tiene en este tipo de pinturas el emplazamiento al que va originalmente destinado, de cómo repercute en la concepción de la obra. Idéntico planteamiento se puede hacer con la música. Cuántas obras compuestas originalmente para ser interpretadas en el ámbito de una iglesia pierden parte de su esencia al ser escuchadas en recintos distintos.

Recuerdo también la sensación de disgusto (¿frustración?) que me produjo contemplar los cuadros del Greco en un entorno que no fuera Toledo. Me pareció una especie de amputación. Además pensaba que aquellos lienzos debían contemplarse en silencio y no en medio del bullicio grosero y desconsiderado de los visitantes, muchos de los cuales no dedicaban más de diez segundos a cada cuadro. ¿No fueron estas obras concebidas para la contemplación y la devoción silenciosa? Exhibidas en estas condiciones se ven reducidas a meros objetos de museo ¿No se pierde algo en esta opción reduccionista? Bueno, luego pensé, quizá esto es lo que llaman democratización de la cultura o cultura para el pueblo.

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 Anoche tuve la ocasión de escuchar la Misa de Gloria de Puccini, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria y su Coro, con el tenor José Bros y el barítono Ángel Ódena, dirigidos todos por Jesús López Cobos. La sensación que me produjo su escucha es contradictoria. Por un lado es indudable que se trata de una composición hermosa que supone un claro precedente del arte que el compositor de Luca nos iba a dejar en sus óperas inmortales Por otro lado encuentro en ella el irresoluble dilema de clasificar esta obra como religiosa, a pesar de tratarse de una misa. Al igual que sucede con las obras “sacras” de otros maestros italianos (como p.ej. Rossini y su Stabat Matter o Verdi y su Réquiem) estas composiciones se alejan mucho del contenido al que se suponen están destinados. El lenguaje es operístico y la forma en que se establece el diálogo – si es posible dentro de estas coordenadas – con Dios transita dentro de los parámetros de las pasiones netamente humanas no habiendo lugar para sentimientos elevados, salvo aquellos producidos por los abrumadores tutti de por ejemplo el Gloria en Puccini o del famoso Dies Irae del réquiem verdiano.

 En estas obras no es posible por tanto, la estimulación de la meditación contemplativa sino la recreación de las pasiones y sentimientos que solemos identificar en las relaciones interhumanas. Aquí se produce un claro cruce y enfrentamiento entre la sublimación o elevación del alma hacia Dios, objetivo del arte verdaderamente sacro, y aquel de las sensaciones de la estética artística laica. Ejemplos en la música del primero lo tenemos en el canto gregoriano o de la iglesia ortodoxa, del segundo en la que estamos comentamos y en la gran cantidad de obras surgidas después del Renacimiento, donde el compositor se interpone entre la el escuchante y el fin al que se supone esta destinada la música.

 Aquí les dejo un fragmento de la Misa de Gloria de Puccini. Se trata del Gloria, a cargo del coro Rossini Sassari que encontré en You Tube. Para mi gusto el Coro de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria estuvo mucho mejor, sobre todo porque mostraron un mejor empaste de las voces.

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La obra para órgano más conocida de Johann Sebastian Bach ha sufrido multitud de adaptaciones e interpretaciones poco favorables. Se trata de una composición de juventud ( época de Weimar, antes de 1708). El estilo de la pieza es bastante ecléctico pero a pesar de ello el genio de Bach logra mantener la cohesión de la estructura. La regularidad y el formalismo de la fuga contrasta con el principio de caracter improvisatorio. Se cree que esta fuga procede de una compuesta originalmente para violín. Junto a la versión de Koopman muy sencilla y poco recargada tenemos esta de Karl Richter quien siendo fiel a su estilo añade ese punto de dramatismo y tensión al que nos tiene habituado en sus lecturas de las cantatas bachianas.

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 Estos días estoy leyendo el libro del profesor, Santiago Sebastián: “Mensaje Simbólico del Arte Medieval. Arquitectura, Liturgia e Iconografía”. Se trata de un esclarecedor trabajo sobre la importancia que tiene el estudio de la simbología en la apreciación del arte de esta época por tratarse de un elemento indisociable del mismo. Para el estudioso turolense (fallecido en 1995) la iconografía es inseparable de la Historia del Arte, debiendo existir entre ambas una estrecha colaboración. Así, por ejemplo, los elementos arquitectónicos de las iglesias románicas – su distribución, estructura, participación de los elementos decorativos… – están interrelacionados con  la función a la que se destinan. Por ello es necesario, si se quiere captar la verdadera belleza de estas construcciones, conocer muy de cerca el significado, así como el desarrollo, del ritual cristiano, de la liturgia.

 

A través de la abstracción simbólica el hombre era partícipe de un conocimiento trascendental, cuyo contenido no se presta a la comunicación por medio de la palabra escrita. Los gestos, las imágenes, la distribución de las naves, el ábside, la cúpula y en definitiva, todos los elementos que participaban en la decoración del interior del templo románico, contribuían a recrear el clima meditativo y contemplativo adecuado, favoreciendo la conexión con esa otra realidad. Situación esta muy difícil de recrear hoy en día debido a que el hombre ha perdido la frescura mental necesaria, ha perdido la inocencia del hombre medieval, cediendo el conocimiento abstractivo o “mágico” su puesto a ese otro mucho más cómodo, directo, seguro como es el conocimiento racional, con toda su batería conceptual a cuesta.

 

El capítulo de introducción del libro esta dedicado al símbolo y a la naturaleza simbólica del hombre, quien no es – en contra de lo que tenemos asumido – un animal racional, sino como ya lo definió en su momento el filósofo E. Cassirer, – a quien cita el profesor Sebastián – un animal symbolicum, porque: “al lado del lenguaje conceptual hay un lenguaje del sentimiento, al lado del lenguaje lógico o científico está el lenguaje de la imaginación poética. Al principio, el lenguaje no expresa pensamientos o ideas, sino sentimientos y afectos.”(Ernst Cassirer. Antropología filosófica, 1948, p. 49). El poder que el hombre ha otorgado al símbolo parte de una necesidad que consiste en su apertura hacia el mundo por medio de un camino que va más allá de la razón. De aquí que recurrimos a los símbolos para expresar conceptos que no podemos definir o comprender del todo: “Para aprehender los objetos del mundo, lo mejor es identificarse con ellos como hace el hombre primitivo; los esquemas del pensamiento de este hombre no son comparables a los nuestros porque para él no hay separación entre lo que llamamos objetivo y subjetivo.”

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Mucho se ha hablado sobre el perfil humano e intelectual del hombre y la mujer contemporánea. Se dice de ellos que son seres re-productivos y re-colectivos en oposición a productivos o creativos, referidos estos últimos términos al homo-faber que crea o fabrica objetos de nueva factura, previamente inexistentes. Es sintomático de nuestra cultura actual el afán por recolectar o acumular bienes de procedencia ajena en vez  de crear objetos propios. Es habitual recurrir al copiar y pegar, al comprar-acumular-coleccionar,  al formarse una opinión “propia” por medio de  un proceso de collage, consistente en un recortar de aquí y de allá opiniones expresadas por otras personas con o sin autoridad moral en el asunto, en vez de realizar todas estas actividades de manera ex-nihilo. Esta actitud acomodaticia, de pereza mental, es consecuencia directa de una concepción del ser humano que hunde sus raíces en la Ilustración. El sujeto se ha vuelto algo anónimo, desligado de unos principios éticos y morales, encontrando compensación a esta situación por medio de gratificaciones materiales en forma de pago retribuido a su esfuerzo físico (trabajo) o en forma de prebendas  o ventajas de tipo económico (gran poder adquisitivo, acumulación de bienes materiales…) que se convierte en motivo de relevancia y distinción social alejando el fantasma del anonimato alienante y aportando un sentido a “esta” existencia.

  El asunto es aún mucho más complejo como para intentar explicarlo en unas cuantas líneas. Son muchos los pensadores que han abordado este tema tan actual y tan difícil de solventar máxime cuando existen determinadas opciones políticas que tacharían una explicación como la precedente de doctrinaria y falsa. Entre los numerosos seres “improductivos” que no han hecho otra cosa mejor que  pensar, se encuentra el psicólogo-humanista, Erich Fromm. Debido a su especialidad aborda el problema de la creatividad desde una perspectiva que escandalizaría a más de una  mente imbuída del racionalismo más feroz por promover un enfoque cuya lógica parte desde un concepto de la conciencia que nada tiene que envidiar de las doctrinas defendidas por el espiritualismo orientalista.

Para Fromm, la capacidad de asombro es fundamental para que se den las condiciones necesarias de una actitud creativa. Con esto quiere decir que debemos mantener cierto grado de ingenuidad, humildad, de disponibilidad para dejarnos afectar por los estímulos de la realidad circundante que posibilitarían la germinación de una idea o el principio de la  misma. Este es uno de los principales escollos que nos encontramos debido a que nuestro pensamiento ha crecido y se ha desarrollado dentro de la cultura de la sospecha, del relativismo moral y de la duda estéril. Los pre-juicios, y el denso aparato conceptual que aplicamos en cada proceso receptivo ahogan la sensibilidad. Es necesario por tanto una apertura plena, una total receptividad dirigida y concentrada al objeto de nuestro interés. Es lo que Fromm llama “capacidad de concentración”: Si me concentro plenamente, lo que se hace en cada momento es la cosa más importante de la vida. Si me concentro cuando hablo con alguien, cuando leo, cuando camino, cuando desarrollo cualquier actividad, no hay nada más importante que lo que hago aquí y ahora.

En esta forma de estar-en la realidad, en esta forma de experimentarse así mismo y al entorno se encuentra las bases la creatividad personal puesto que conduce a una vivencia del yo como el verdadero centro del mundo y verdadero artífice de mis actos. El significado de ser original se reduce a esto, nada que ver con esa ansiosa lucha a la que muchos nos vemos abocados de descubrir algo nuevo, porque yo soy el centro de la experiencia: me experimento como “yo” sólo en el proceso de mi relación con los demás o, sobre  la base de una actitud creativa(…)Tiene que dejar de aferrarse a su ser como cosa, debe empezar a percibirse sólo en el proceso de respuesta creativa.

El Conflicto y la Tensión

 Una de las consecuencias inmediatas de la sociedad del bienestar es el rechazo del conflicto y la tensión. Tras un lento proceso de reblandecimiento de las voluntades y de la mente el homo- tecnológicus es un ser que rehúsa el compromiso, es insolidario y huye de la acción y de la toma de decisiones comprometidas cuando estas no tiende a resolver cuestiones que afectan a sus intereses personales o a su entorno más inmediato. Esta actitud parte  de la creencia de que los conflictos son dañinos y que por tanto es preciso evitarlos, cuando lo verdadero es precisamente lo contrario. Estos conflictos son el origen del sentimiento de asombro y del desarrollo de la fortaleza (de lo que antes se denominaba carácter). Como afirma Erich Fromm: “Si se evitan los conflictos, uno se convierte en una máquina bien engrasada, donde todo afecto se nivela de inmediato, donde se automatizan todos los deseos, donde se homogenizan todos los sentimientos”. Y concluye: “Tomar conciencia de estos conflictos, experimentarlos profundamente, aceptarlos no sólo en un plano intelectual, sino también en el sentimental, es una de las condiciones de la creatividad”.

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Lo real emparentado con lo natural y aplicado a la condición humana engloba todos aquellos conceptos contrarios a una idealización de la vida humana basada en un determinado uso y sobre valoración del concepto de la razón por parte de sistemas filosóficos y políticos que hacen una abstracción del ser humano al convertirlo en un objeto mensurable, entendiendo su existencia exclusivamente en su relación con una colectividad, grupo o clase social en la que participa, indiferenciado del resto por omitirse aspectos vitales de su personalidad.

Algunas realidades:

El ser humano es un ser de frontera. En él se encuentran los límites entre el mundo material y el espiritual. Ambas realidades conforman su personalidad y prescindir de una de ellas en favor de la otra acarrea nefastas consecuencias. Basta con mirar el estilo de vida del hombre moderno para darnos cuenta de cómo esas libertades e igualdades que disfruta – y de las que se cree merecedor – enmascaran realmente un vil servilismo a las modas, al consumo, a las deidades paganas nacidas y sustentadas en la nada de esa gran fantasía que es el progreso tecnológico y científico, verdadera vara de medir de todos nuestros valores y principios como especie.

El hombre es un ser histórico, configura su realidad física y espacial en función de una herencia, de un legado. Una realidad ésta, que se aplica tanto a la historia privada, individual, como a la historia de una colectividad, de un país. La necesidad de identificación con un pasado vivido es propia del género humano y contribuye a conformar su personalidad, su identidad. Modificar, manipular o suprimir este valor supone un verdadero atentado contra la libertad y dignidad de las personas por privárseles de un derecho que es connatural a nuestra especie.

La persona humana no es un ente fijo, está constantemente cambiando, evolucionando. En ese proceso tiene una función primordial el pensamiento, la reflexión, el cuestionamiento permanente de los distintos aspectos del mundo que le rodea. Por ello es necesario inculcar el desarrollo del espíritu crítico desde la infancia, enseñar a pensar por sí mismos para vivir auténticamente en libertad, más allá de todo tipo de peligrosos adoctrinamientos encubiertos bajo un elocuente paternalismo estatal.

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